Mi vida frente a una pantalla

Capítulo 1: El primer contacto

Corria los años 2001 en aquel entonces yo tenia 16 años cuando empeze a tocar por primera vez los ordenadores,Era una mezcla de curiosidad y torpeza, como cuando uno toca por primera vez algo que intuye importante sin saber todavía por qué. El ordenador estaba ahí, silencioso, esperando. No sabía entonces que ese momento, aparentemente pequeño, iba a convertirse en un punto de partida.

Mis manos eran demasiado pequeñas para el teclado, y las teclas parecían infinitas. Cada clic del ratón tenía algo de mágico: una respuesta inmediata, una reacción. La pantalla no era solo un objeto; era una puerta. Yo aún no sabía a dónde llevaba, pero ya quería cruzarla.

Al principio todo era juego y descubrimiento. Abrir programas sin entenderlos del todo, cerrar ventanas por miedo a haber tocado algo prohibido, escribir palabras sin sentido solo para ver cómo aparecían. El ordenador no me pedía explicaciones ni me juzgaba: simplemente respondía.

Ese primer contacto no fue espectacular ni consciente. No hubo revelaciones ni frases grandilocuentes. Pero sí hubo algo que se quedó conmigo: la intuición de que ahí, dentro de esa máquina, había un mundo que podía aprender a entender.

Capítulo 2: La herencia invisible

Mi padre era informático, de aquellos de otra época, cuando las máquinas se entendían más con las manos que con los manuales. Desde muy pequeño estuve a su lado, observando en silencio cómo abría, limpiaba y reparaba ordenadores que parecían tener vida propia. No me explicaba todo, pero yo miraba. Y mirando, aprendía.

A los 16 años llegó el regalo que marcó un antes y un después: un Dragon 32K. Mi primer ordenador. No era solo una máquina; era una declaración de confianza. Pasaba horas explorándolo, probando, equivocándome, entendiendo poco a poco su lógica interna. Ya no era solo espectador: empezaba a participar.

Con los años, el colegio amplió el escenario. Allí toqué Olivetti, IBM y otros sistemas que hoy suenan lejanos pero que entonces eran puertas a mundos distintos. Cada teclado tenía su carácter, cada sistema su forma de pensar. Yo los comparaba, los desmontaba mentalmente, intentaba adivinar cómo funcionaban por dentro.

Esa curiosidad me llevó, casi sin darme cuenta, a una tienda de segunda mano, donde empecé a reparar Amstrad. Entre máquinas usadas y piezas reutilizadas aprendí algo fundamental: que un ordenador no es solo tecnología, es historia acumulada. Cada golpe, cada fallo, cada reparación dejaba una huella.

Nací el 28 de mayo de 1985, y desde entonces hasta hoy el tiempo ha pasado acompañado de circuitos, pantallas y ruidos mecánicos. Aunque trabajo con equipos modernos, mi compañero fiel sigue siendo un 486 DX4, junto a una impresora matricial que insiste en recordar de dónde vengo.

No es nostalgia: es identidad. Algunas máquinas no se abandonan porque, en el fondo, tampoco nos abandonaron a nosotros.

Capítulo 3: Darles una segunda vida

Con el tiempo sentí que todo aquello no podía quedarse solo en lo personal. Las máquinas antiguas seguían funcionando, esperando, pero el mundo parecía haberlas dado por muertas. Entonces decidí dar un paso más: crear un grupo de WhatsApp y, junto a él, una comunidad apoyada por una web.

La idea era sencilla y, a la vez, ambiciosa: mostrar al mundo que los ordenadores antiguos aún tenían algo que decir. Que podían seguir vivos, útiles, respetados. No como piezas de museo, sino como herramientas con alma, capaces de enseñar paciencia, lógica y respeto por la tecnología.

La comunidad empezó poco a poco, casi como empiezan todas las cosas importantes. Gente con recuerdos parecidos, con máquinas olvidadas en armarios, con ganas de aprender o simplemente de compartir. Cada mensaje, cada reparación documentada, cada foto de un equipo rescatado reforzaba la misma idea: no todo lo viejo está acabado.

La web se convirtió en un punto de encuentro, una especie de archivo vivo. Allí se cruzaban historias, conocimientos y generaciones. No era solo informática retro; era memoria, cultura y resistencia frente a la obsolescencia.

Darles una segunda vida a esos ordenadores era, en el fondo, una forma de darnos una segunda vida a nosotros mismos. Recordar que no todo tiene que ser rápido, nuevo o desechable para tener valor.

Scroll al inicio